De lo humano y lo divino: ser sacerdote en tiempos de coronavirus

La pandemia ha hecho que vivamos una crisis sanitaria en primer lugar y económica como consecuencia de ésta. Pero también ha supuesto una sacudida emocional muy fuerte para muchas personas, sobre todo las que han tenido que vivir de cerca el día a día de una realidad excepcionalmente dura. Los sanitarios y otros sectores que han seguido trabajando de puertas para fuera, que no han podido quedarse en casa han tenido que hacer frente a una enfermedad y a todas las secuelas más allá de las físicas que ha ido dejando la COVID-19.

Desafortunadamente han fallecido muchas personas en los últimos meses. En el momento de mayor contagio y de mayores defunciones, los sacerdotes han vivido experiencias complicadas en las que han acompañado a dos o tres familiares a enterrar a sus seres queridos. Sin funerales, sin tanatorios y sin apenas tiempo para asimilar lo que estaba sucediendo, las personas han pasado por un duelo sin duelo, pero con dolor.

Fernando Fernández en el cementerio

El sacerdote Fernando Fernández, párroco de Villalba del Rey, Gascueña, Cañaveruelas y Alcohujate, pueblos de la provincia de Cuenca, explica que a todos les pilló “por sorpresa” y que no estaban preparados. “Al principio, recuerdo la cara de asombro cuando tuve que decir que no había misa, que se suspendían todas las actividades religiosas, ten en cuenta que todas las personas que vienen a diario son personas de avanzada edad, personas de riesgo, no podíamos correr el peligro de que se contagiaran”, comenta Fernández.

Recuerda este cura rural que “la misión del sacerdote en estos pueblos es ser padre y durante el confinamiento se ha afianzado esta figura. Nos hemos convertido en padres de nuestros padres, en padres de otros, en padres de los abuelos, sobre todo de los más débiles, llamando todos los días por teléfono, enseñándoles a hacer vídeo llamadas o a usar las nuevas tecnologías”.

Fernández relata que se ha dado un intercambio generacional muy interesante: “Hemos añorado esos besos de abuela, el abrazo entre amigos, las puertas de nuestras casas, y la entrada a nuestros pueblos, pero también se ha hecho mucho bien desde la distancia con cariño, acompañamiento y solicitud”. Afirma que una de las sorpresas del confinamiento fue la llamada del obispo que ha llamado a todos los sacerdotes preocupándose por su salud, la salud de su familia y la situación de los pueblos. “Ha sido un gesto de cercanía pastoral que nunca olvidaré”.

Este cura asevera que ha mirado y mira con admiración a todas esas personas que han estado al pie del cañón en primera línea: “Los médicos y enfermeros de los centros de salud, los camioneros que nos traían la fruta y alimentos a la España despoblada, los dependientes de tiendas pequeñas que por la mañana abrían al público y por las tardes repartían en coches los encargos de los ancianos e impedidos, los trabajadores de la casa tutelada, la guardia civil de nuestros pueblos, muchos días solo he visto por la calle el coche patrulla y eso me daba seguridad, los voluntarios que limpiaban con tractores las calles del pueblo, las amas de casa haciendo mascarillas para repartirlas, pero sobre todo quisiera destacar la labor de los funerarios que han estado 24 horas sin descanso para atender a las familias, preparar las sepulturas y enterrar a los difuntos”.

Fernando Fernández

Asegura Fernández que en muchos casos, en el cementerio se han juntado los trabajadores de la funeraria, uno o dos familiares y el cura. “Nunca se me olvidarán esos padrenuestros rezados con los funerarios en el silencio y en la soledad de los cementerios. Ellos también han sido héroes porque han estado muy cerca de las víctimas, en esos momentos representaban a tantos familiares y vecinos que no podían asistir”. Éste añade que muchas familias les pedían que hicieran vídeos del entierro para poder al menos ver a su familiar en ese momento, dentro del ataúd.

Este párroco explica que ha vivido muchas experiencias que le han marcado como la pérdida de la sacristana de uno de sus pueblos. Otra fue una llamada de un matrimonio de uno de sus pueblos que se encontraban hospitalizados en otra provincia con síntomas del Covid, no sabían en qué hospital estaban, le contaron que no veían a nadie al cabo del día, que les dejaban la comida y poco más. “Solo querían hablar conmigo para que como cura les dijera unas palabras para morir en paz. Todos hemos tenido pérdidas irreparables”.

Cuenta que en esos días recibió muchas llamadas y mensajes pidiéndole oraciones por enfermos y misas por los difuntos. “Ni un solo día dejé de ofrecer oraciones a Dios. Me sentí más necesario que nunca. Redescubrí la importancia de la comunión de los santos, la unidad de la Iglesia que cuando ora unida, permanece unida a pesar de la distancia”.

“La mayoría de los entierros que he celebrado eran de personas naturales del pueblo, pero que vivían en otras provincias. En algunos casos, en el mes de abril, dentro de la vorágine, recibíamos el aviso de defunción y hasta después de 15 días no nos traían el cadáver para darle cristiana sepultura. Hemos enterrado el doble que en condiciones normales otros años”, asegura Fernández.

“El Covid nos ha recordado que el hombre y su naturaleza es vulnerable”, dice este joven sacerdote, una idea que comparte Joaquín Ruiz, el párroco de San José Obrero de la capital conquense y delegado episcopal ante la Junta de Cofradías. Éste añade que esta situación nos recuerda “la fugacidad de la vida”. “A veces parece que tenemos todo atado y bien atado y un virus nos pone contra la espada y la pared”.

Joaquín Ruiz

Ruiz afirma que ha sido una experiencia muy dura, agridulce. “Por ejemplo como no se podían celebrar entierros, había días que íbamos a la incineradora y nos dejaban pasar al cementerio, pero solo a tres personas, con lo cual a veces era complicado porque la gente no había podido despedirse de sus difuntos y el último contacto había sido cuando lo habían ingresado en el hospital”. Él dice que era un momento de acompañarlos en el dolor, darles esperanza y rezar y estar con ellos, de acompañarlos a la sepultura. “A veces era muy duro ver cómo les entregaban los enseres de la persona fallecida en la funeraria, pero también eran momentos de paz intentando dar una palabra de esperanza desde el Evangelio.

“Ha habido días que no salía del cementerio, terminaba un entierro y bajaba a la puerta del cementerio y empezaba otro, así, seguido, esos días fueron muy duros, porque te juntabas con la familia de quien acababas de enterrar y de quien ibas a enterrar. Pero también había que mirarlo desde la esperanza y la fe en la Resurrección”, apostilla este cura.

Preguntado por cómo reaccionaba la gente hacia los sacerdotes, Ruiz manifiesta que en general ha habido mucho agradecimiento por el acompañamiento en el dolor y en el duelo. “Ahora está siendo a veces momento de gente que viene por la parroquia a hablar, a expresar sus sentimientos como consecuencia de la muerte de un ser querido”.

El párroco de San José Obrero remarca todo lo que ha aprendido de las personas. “Yo bajaba todos los días a la parroquia y venía gente a decirme que se habían quedado sin trabajo, que no tenían qué comer y ha sido también bonito poder escucharlos y ayudarlos”. Además, asegura que el grupo de Cáritas de la parroquia siempre ha tenido muchos voluntarios que han ayudado a atender a la gente que lo necesitaba.

Con un grupo de curas a través de plataformas para hacer videoconferencias quedábamos para hablar y sí que era un momento de hacer esa experiencia de rezar juntos y de comunicar las experiencias, de cómo hemos vivido cada uno todo esto y eso me ha ayudado a mantener la paz interior”.

José Carlos Jiménez celebrando el Corpus

Por su parte, José Carlos Jiménez es arcipreste de Moya y párroco de Mira, Cañada de Mira, Víllora, Narboreta, Garaballa y el Santuario de Nuestra Señora de a Tejeda, pueblos de la provincia de Cuenca y cuenta que en un primer lugar sintió temor porque “era una situación nueva, no sabíamos qué estaba pasando y me asusté por mi familia y sus trabajos porque además estaba lejos de ellos, por las personas mayores porque decían que les afectaba tanto”.

Este joven sacerdote comenta que fue dura la soledad, pero que en todo momento se ha sentido “querido, arropado, acompañado desde la distancia por toda la gente de Mira que se preocupaban por mí, me decían si necesitaba algo”.

“Para mí ha sido un tiempo de gracia, he visto la presencia del Señor y cómo se abría paso la fe en muchas personas que yo no había tenido la oportunidad de entablar una relación espiritual más profunda con ellos”, reconoce Jiménez quien añade que “el Señor se ha servido de esto para tocar muchos corazones y acercarse a ellos”.

Aunque también asegura que los entierros que ha tenido han sido “difíciles, aunque no han sido por el coronavirus, sino muertes naturales y gente muy mayor, pero en el momento del cementerio y no poder tener una eucaristía… me he dado cuenta de cuánto bien hace la eucaristía a las personas”.

Los tres sacerdotes coinciden en que la Semana Santa ha sido “dura” por no poder vivirla y celebrarla como estamos acostumbrados, “ver las iglesias vacías, las calles vacías..”. Coinciden en que las redes sociales han sido de mucha ayuda en estos momentos y han servido para acercarse a sus fieles.

De nuevo la solidaridad es un punto fuerte que ha visto salir a la luz este cura durante la pandemia. “He estado pendiente de varias personas muy mayores en algunos pueblos de hacerles la compra, pero mucha gente ha hecho la compra para otros, les han llevado medicinas, han cosido mascarillas… ha sido increíble”, apostilla.

Jiménez manifiesta que este tiempo ha sido como “una moneda con dos caras: momentos de miedo, de dificultad, de temor, pero la otra cara eran momentos de gracia y de ver la presencia de Dios en medio de este dolor y este sinsentido”. “Creo que los sacerdotes nos hemos ‘autoalimentado’ del Señor de una forma extraordinaria”.

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