Miércoles Santo: Polifonía y estreno absoluto

smrManuel Millán de las Heras

Los primeros capuces aparecieron en nuestra ciudad y las SMR  continúan con su elevado nivel, que ya no sorprende a nadie. El Miércoles Santo tuvo dos conciertos que abordaron momentos muy alejados en el tiempo. El primero de ellos, en la girola de la catedral, tuvo como protagonista al gran polifonista del siglo XVI Alonso Lobo, mientras que el segundo estuvo dedicado íntegramente a la obra de encargo de la presente edición.

La Grande Chapelle, Albert Recasens y Alonso Lobo.

Recuerdo cuando conocí en este festival a esta agrupación y su actual director. Entonces era Àngel, padre de Albert, quien estaba al frente. Las conversaciones con ambos giraban alrededor de la importancia del texto en la polifonía católica de la contrarreforma. Tertulias apasionantes que dejaban bien claro que la música estaba al servicio de la palabra en la mente de estos compositores. Han pasado los años y Àngel ya no está con nosotros, pero la labor de dirección de Albert sigue los mismos pasos al frente de una agrupación vocal de primera línea, gran plasticidad y de fraseo exquisito.

El concierto tuvo un motivo conductor precioso y audaz: el 400 aniversario de la muerte de Don Sebastián de Covarrubias y Orozco, canónigo y Maestrescuela de la Iglesia de Cuenca y autor del Tesoro de la lengua castellana, primer diccionario de nuestra lengua. A colación de ese hecho, sonó música de uno de los polifonistas nacionales más importantes del siglo XVI y principios del XVII: Alonso Lobo (1555-1617). El repertorio, una misa y varios motetes, posee una belleza extraordinaria, austera y directa. La Grande Chapelle no defraudó, gracias al sentido general ya expuesto y a una calidad individual de las voces sobresaliente.

Obra de encargo.

La literatura musical española contemporánea no se puede estudiar sin tener en cuenta el festival que más ha hecho por ella, que no es ni más ni menos que nuestras SMR. 52 ediciones y alrededor de 60 encargos que abarcan varias generaciones de compositores.

Este año el encargo ha recaído en la compositora madrileña María de Alvear, que presentó una apuesta ambiciosa y metafórica sobre el ser humano, la riqueza de su legado y de su contacto con la naturaleza, apoyada por una proyección audiovisual creada por Ana de Alvear, que por desgracia sufrió problemas técnicos como consecuencia de las persistentes lluvias. Para la puesta en escena tuvo a unas agrupaciones excelentes como la Escolanía Ciudad de Cuenca, el Ars Choralisn Coeln, Atelier Gombau o el barítono Carlos Lozano.

La obra –de unos cincuenta minutos de duración— tiene un lenguaje minimalista, recurrente, lleno de notas pedales y labrado tímbricamente. La Escolanía Ciudad de Cuenca llegó a la perfección, con una implicación absoluta de sus componentes. El Ars Choralisn Coeln y Atelier Gombau, dirigidos en el escenario por Carlos Cuesta mantuvieron el nivel sobresaliente. Destacó la voz descarnada de Carlos Lozano, que dio drama a una partitura que busca más lo onírico que lo visceral.

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